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Textos: ©Aurora Alcón García.

 

El tren de Kalow (Birmania)

Tras el suculento desayuno con el que las casas de huéspedes agasajan a sus clientes en Myanmar, Paco, Israel y yo nos dirigimos felices a la estación de tren para comprar los billetes a Mandalay. El taquillero-militar nos obliga a pagar 1ª clase. Esperamos. Aparece un tren pero el militar nos prohíbe subir. La sombra va desapareciendo poco a poco, la mañana avanza y el sol cambia de lugar. Llega otro tren. El guardián de la taquilla sale, hace gestos y dice cosas que no podemos entender. Pero ya hemos decidido que nos vamos en él. Vemos alejarse al del uniforme gris, haciendo gestos pero sonriente, ganador… Nosotros avanzamos hacia la ciudad de los templos y las colinas, los lagos y la vegetación exuberante, así que nos da igual lo que sea que nos quiere decir.

 

Es un tren pequeño y excesivamente lento, sin cristales en las ventanas; le faltan trozos de cuero y madera en los pequeños asientos. Una reliquia del pasado colonial. Para avanzar, se balancea peligrosamente a derecha e izquierda, derecha e izquierda; un balanceo de 30 o 40 grados, seguro; es como una atracción de feria. Paco y mi hermano van sentados en la parte derecha del vagón, charlando y riendo despreocupados; les divierte la situación. Yo, sola, en la parte izquierda, 5 o 6 bancos más atrás, absorta por el paisaje. Un pueblo, una parada, unas pocas personas. Otro pueblito, más viajeros, vuelta a empezar. La vegetación es intrincada, recorremos montes selváticos. Llegamos a un pueblo más grande, hay más gente en el andén. Se mueven de un lado a otro, tomando posiciones. ¿Qué tienen detrás? ¿Y sobre la cabeza? Hay mucha gente, Aurora… Dentro del vagón hay sitio suficiente, y aunque el tren no es muy largo… Sin poder terminar la frase y antes de que el tren se haya detenido del todo, se nos viene encima la marabunta: un enjambre ruidoso, sucio, nervioso y caótico que busca un agujero por dónde colarse y un lugar para soltar su pesada carga. Atillos, cajas, bultos impensables… niños, abuelas, familias enteras pasan de mano en mano por encima de las cabezas de los menos afortunados. Cuando reacciono, ya no puedo atravesar el estrecho pasillo para reunirme con los míos. Ya no existe: es una montaña de coles, cebollas, arroz y cereales. Por no hablar de miles de insectos  que han decidido viajar a nuestro lado. Grito a Paco y Paco me grita a mí. Antes de que me caigan encima los hatos de verduras que cuelgan sobre mi cabeza, decido aventurarme y guiarme por su voz. Aquí, un poco más… ya te veo la cabeza… Sorry, mengalabá, esquiusmí, mengalabá… Las cabezas de los birmanos me sirven de apoyo. Escalo por encima de ellos y sus equipajes, pisoteo su asiento y sus reposabrazos. Están acostumbrados. Llego por fin al lado de mi hermano, que me ha guardado un pequeño hueco y trato de sentarme, con las piernas encima de no sé qué cosa que hay en el suelo. Después de unos difíciles minutos todos estamos recolocados, incluso los insectos se calman un poco y parece que dejan de morder y de picar. Gracias a dios, el tren se ha puesto en marcha de nuevo y por las antiguas y desdentadas ventanas entra aire que renueva el putrefacto olor interior.

 

 

En la selva anochece pronto, y dentro del vagón apenas se ve. Esperamos que las luces del tren se enciendan, aunque nadie parece preocuparse por la oscuridad. De repente, algo entra por la ventana a gran velocidad. Algo grande, que se ha estrellado contra mi hermano, y él ha terminado por inmovilizar bajo su pie. Yo no quiero mirar, ya he visto suficiente durante el trayecto. De todos los tamaños y colores. Paco tampoco se atreve, le dice que levante el pie y vea qué es… Israel baja la cabeza, suelta un gritito y entonces su pierna comienza a moverse como un resorte de arriba a abajo, cual martillo mecánico en plena acción… muere, muere, grita… los viajeros que llegan a ver la escena miran con ojos asombrados sin entender qué nos pasa, otros se levantan para ver mejor… Yo, por si acaso, ahora también grito un poco, estoy descompuesta y a punto de salir corriendo… maldita selva, maldito vagón… mi hermano dice que no se aplasta, que está acorazado, que no puede matarle y que le va a comer el pie… Sí… también se ha descompuesto, y no hay quién le pare… muérete, muérete, bicho cabrón… Maldito tren y maldito taquillero, ahora sé por qué no nos dejaba subir!! Paco nos dice que paremos ya, que la gente se está asustando y que si el acorazado no ha muerto, pues que lo deje bajo el pie… Mi hermano dice que es capaz de atravesarle la zapatilla, yo le digo que le remate bien, Paco dice basta ya, Israel tiene la cara blanca y los pelos de punta… Puf…!! Para cuando conseguimos recomponernos y la sangre nos vuelve al cerebro y a las mejillas el color, ya hay luz en el vagón: una triste, patética, sucia, débil y única bombilla. Y un ventilador.

 

 

…El hecho inevitable terminó por llegar. El momento ineludible de cualquier viaje. La prueba de fuego para un occidental. No habíamos querido hablar de ello hasta ahora porque era difícil de asumir. Pensamos que el viaje no duraría tantas horas, y habíamos evitado beber. Pero ya no aguantábamos más, así que había que trazar un plan. El Plan. Lo debatimos concienzudamente, los fardos de vegetales y el aspecto del tren no se merecían menos. Decidimos lo siguiente: mi hermano iría el primero, de avanzadilla, abriendo camino; Paco seguiría la senda abierta, dos minutos después; yo esperaría dos minutos más, y cuando Israel casi hubiera regresado al asiento, me levantaría e iría hacia Paco, que ya debería haber terminado la faena, y me esperaría con las puertas abiertas. Perfecto. Israel se levantó, trepó, resopló, y avanzó a duras penas hacia el objetivo. Tuvo que atravesar nuestro vagón y otro más y por fin oímos allá, en la lejanía, su débil voz: …ya lo encontréeee, uuuuyyyyy, ni os lo podéis imaginaaaaaaar… Pacoooo, ven… no voy a poder sooolooooooo… Y allá fue Paco trepando, resbalando, pisoteando y pidiendo perdón con su maravillosa sonrisa occidental. Auroriiiiii, ni te muevaaas, puedes aguantaaaaaar??? Esperé un poco a que mi hermano volviera si es que aquello que había encontrado le dejaba volver. Cuando regresó y me contó, decidí que mi pis era mío y sólo mío y me quedaba con él, pero era imposible. Me armé de valor, y allí fui, sorteando como pude los niños dormidos, las coles, los montones de garbanzos… y llegué al agujero negro a las puertas del cual me esperaba Paco. Me negué a pasar. Paco insistió. Di media vuelta. Todos los ojos que alcanzaba a ver estaban clavados en mí. Paco me cogió por el brazo y me gritó: o esto o te meas encima… Entré. Paco sujetó los restos de puerta que todavía seguían pegados a las bisagras… El vaivén del tren las abría sin piedad. Evité pisar el agujero inmundo abierto en el suelo… Intenté no caerme con el vaivén y los pantalones a media pierna… Ni la malsonante palabra “retrete” describiría el lugar; ni la horrenda “letrina”; ni siquiera la "tarjea" de mi abuela. No contaré nada más de lo que allí vi y sucedió para no herir sensibilidades ajenas Únicamente, que después de hacer pis en lugares impensables de medio mundo, después de pasar un mes meando en los váteres públicos de la China anterior a las olimpíadas, creí que ningún meadero público podría volver a causarme sensación o repugnancia. Me equivoqué. Y hoy doy gracias al inventor de las toallitas húmedas que miman el culito de los bebés y a mí me han salvado de más de una infección mortal de necesidad.

 

 

 

 

 

 

El templo dorado de Amritsar (India)

                Una vez más nos encontrábamos en el camino de los peregrinos, esta vez en Amritsar. Por fin veríamos el templo dorado, punto de peregrinación para la comunidad sikh. Allá en la lejanía, ya se adivinaba, entre la bruma que el calor, el polvo y el humo de los vehículos levantaba sin piedad. Por supuesto, la cabeza debía ir cubierta en señal de respeto. Menos mal que yo llevaba mi chal. Paco no tuvo tanta precaución. Pensó que al ser hombre no sería necesario, como en la mayoría de los templos del mundo mundial. Mujer? Te tapas. Hombre? Pase, por favor. Pues aquí, no. Aquí, los hombres se cubren la cabeza en señal de respeto, y si no tienes con qué, pues tanto mejor, porque te vendo un pañuelo naranja con el logo del templo, y te lo atas a la frente, y si te mueres de calor y sudor, pues te fastidias, y ya está. Como tu mujer. Qué guapo va Paco con su pañuelico, cual mañico de postín!

 

 

 

El templo es espectacular, impresionante. Hay tanta gente! Es una construcción enorme, con un gran lago dentro, y en su centro, el edificio dorado al que todo el mundo quiere pasar. Mármol blanco en las paredes, mármol blanco en las columnas… mármol blanco en el suelo a pleno sol… los pies descalzos, por supuesto… o buscamos una sombra, o aquí termina nuestra peregrinación y nuestro viaje, tío! Corre! Tras un rato de paseo por aquí, cotilleo por allá, por aquí no que me quemo, métete en ese charco no seas tonta, fotos a diestro y siniestro una vez perdida toda vergüenza y cortesía, divisé una gran multitud subiendo unas escaleras (es curioso decir esto, porque todo el templo era una gran multitud; debería decir que divisé una gran multitud más apiñada aún que la gran multitud restante?). Supuse que subían para ver mejor el templo en su conjunto. Y allá me fui, tirando de la camiseta de Paco, que a estas alturas estaba ya medio KO por el calor y daba igual lo que le dijese, que no reaccionaba, pobrecillo… Una vez entre el gentío, ya no cabía la vuelta atrás, el propio tumulto nos arrastraba, nos movía como un todo de un lado a otro, ni siquiera veía el suelo que pisaba, sólo me preocupaba no perder a Paco, y rezaba por que no le diese un vahído y… bueno, la verdad es que no se habría caído al suelo, así que… De repente, alguien nos puso en la mano una bandeja metálica, un paso más allá llegó una cuchara y un cacillo todo metálico también… Qué es esto? Para qué lo queremos? Seguíamos avanzando escalón a escalón, no podíamos rechazar ya aquellos extraños obsequios. Por lo que podía ver, todo el mundo a mi alrededor llevaba los mismos objetos en la mano sin darle mayor importancia. Éramos un enjambre, una jauría, un hormiguero… funcionábamos como un todo, todos levantábamos la pierna al tiempo, todos mirábamos a la derecha al unísono, todos abríamos la boca para respirar, todos… Pero… qué coño…? Paco! Estás ahí? Sí… Alguien había cerrado unas enormes puertas de madera detrás de nosotros, y en un segundo estábamos encerrados en un salón inmenso de columnas, con miles de indios sentados en el suelo mirándonos, y unas enormes puertas de madera maciza cerradas tras nosotros. Y allí estábamos, de pie frente a ellos… con nuestra escudilla y nuestra bandeja de metal… y nuestra cuchara… La sudorosa espalda pegada a la puerta… Siéntate, Aurora, siéntate y calla… Me dejé resbalar puerta abajo hasta que llegué al suelo y así me quedé unos segundos. Paco sentado a mi lado, frente a la multitud. Tan asombrados los unos como los otros. Un señor indio avanzaba con un cubo sin saber muy bien qué hacer, miró atrás, otro señor indio hizo un gesto con la cabeza, y entonces la escena paralizada volvió a la vida, y un puñado de arroz cayó sobre la bandeja de Paco y luego sobre la mía. El señor que llegó después nos soltó un par de chapatis con una puntería increíble y la señora que más atrás les seguía nos echó agua de un cubo al cacillo metálico que habíamos dejado en el suelo. Y luego, otra señora, un cazo de lentejas. Todo revuelto en nuestra bandeja metálica. Y entonces, cuando la cosa parecía fluir, Paco sacó la cámara de fotos. Se oyó una exclamación conjunta y los miles de indios volvieron a clavar sus ojos en nosotros. Incluido el señor indio del cubo de arroz. Basmati. Con mi tono de voz más dulce le susurré a Paco que por dios dejase la cámara en el suelo y se comiera lo más rápido posible las lentejas y el arroz. Unos segundos de tensión. Yo no dejaba de comer. Incluso me acerqué el agua a los labios. Los indios respiraron al unísono y volvieron a comer. Y… hablando de todo un poco… el arroz, a pesar de ser basmati, estaba bastante soso, las chapatis también, y un poco revenidas, pero las lentejas… las lentejas picaban que rabiaban. Una lágrima me caía del ojo izquierdo, y a Paco le salían los mocos de la nariz y le caían hasta la boca. Creo que ni se limpió. En un momento dado, uno cualquiera, un momento insignificante, uno como otro cualquiera para nosotros, todos los indios se levantaron y comenzaron a salir por una puerta que nosotros desde nuestra posición no podíamos ver, pero sus bandejas estaban vacías y limpias-limpísimas, rebañadísimas con las chapatis y la escudilla sin una gota de agua. Pues hay que terminar y marchar, Paquito…! Pero si todavía no he terminado con el arroz, y además repetí de lentejas… Sobre todo, no te bebas el agua…

 

                Seguimos al último de los indios y bajamos por otras escaleras diferentes a las de subida. Una mano oscura y ágil tiró de mi bandeja y fue a parar a un balde de agua negra. Un pequeño chapuzón, y de mano en mano a la escalera anterior, donde el enjambre pugnaba por subir otro escalón más…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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